"Catorce mil alumnos de cuatro cursos irán a clase con portátil antes de abril". Así se despacha el diario compostelano El Correo Gallego con el proyecto de informatización de las aulas previsto por la Xunta de Galicia en el actual curso docente. Y mientras tanto se agitan las revueltas aguas en las que se mueven las TIC y la docencia más ortodoxa. Mientras los estudiantes utilizan sus teléfonos con tecnología HSDPA, envían mensajes en tiempo real aprovechando la cobertura WIFI de última generación, emplean el SKIPE en casa para reducir sus gastos y los servicios MEGAUPLOAD con los que descargan contenidos de cualquier parte del mundo en segundos, muchos docentes reaccionan con sarpullido a la mera mención de encender un ordenador para registrar sus evaluaciones.
Jamás se había producido una brecha tan grande entre los conocimientos del profesor y de sus alumnos, y un desencuentro tan significativo entre las expectativas de unos y de otros. Los alumnos son incapaces de filtrar la saturación de información que reciben a través de sus nuevos instrumentos tecnológicos, y los docentes se ven desbordados a la hora de orientarlos, porque se han visto totalmente superados por una tecnología que no para de cambiar, sea por necesidad, sea por un simple criterio de beneficio empresarial.
Es entonces cuando surgen los debates inútiles en torno a la utilidad de determinadas materias (las lenguas muertas o las aplicaciones matemáticas descriptivas) o sobre las aviesas intenciones de crípticas aplicaciones informáticas (léase redes sociales y aberraciones lingüísticas practicadas en las mismas).
La tecnología está ahí y ya no hay vuelta atrás. Esto no quiere decir que el latín sea inútil ni que los atajos lingüísticos de los mensajes de los teléfonos móviles constituyan insultos a la gramática tradicional. Se trata sencillamente de que es necesario reducir la frontera que separa ahora mismo a estudiantes y profesores.
Los alumnos deben saber que los nuevos instrumentos tecnológicos son eso mismo, medios para conseguir un fin, el del conocimiento; los profesores por nuestra parte deberíamos hacer un ejercicio de autocrítica y preguntarnos por qué en menos de un decenio nuestros alumnos han sido capaces de sonrojarnos con su dominio de Internet y de las últimas posibilidades de las telecomunicaciones.
Tal vez podremos trivializar las TIC, pero entonces estaremos haciendo precisamente lo más contraproducente, mezclar churras y merinas.
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